Érase una vez un gato muy valiente que como único patrimonio contaba con una bolsa y unas botas. No parecía gran cosa, pero además de eso poseía una gran fuerza mental, bastante intuición y, sobre todo, mucha lógica, más que la inteligencia usaba el razonamiento. Así caminó por el mundo  durante mucho tiempo, siempre confiando en que con sus botas y su bolsa al hombro podría conseguir cualquier cosa.  Pero un buen día se dio cuenta que su agilidad no era como la de antes, comenzó a dar saltitos para salir de su letargo, pero no tenía fuerzas suficientes. Se propuso   dar largos paseos junto a los pajarillos que le animaban mucho, pero cada vez que intentaba dar saltitos, perdía las fuerzas. Sabía que sólo había una manera de escapar de aquella situación. Cada tarde, desde su lugar de descanso, la veía, veía aquella luz brillante colarse por la ventana, esa ventana al final del túnel, tuuuneeeel. Tenía que lograr alcanzar aquella ventana, sólo así podría recuperar las fuerzas para volver a dar saltitos. Un día, al despuntar la mañana, al alba, se armó de valor y se dirigió hacia la ventana donde cada tarde veía aquella luz. El camino no fue fácil, pero al fin consiguió llegar y, al hacerlo, se sintió impulsado por aquella energía de luz. Así fue cómo el Gato con Botas dio un salto tan grande que alcanzó las estrellas. Las estrellas al verle no quisieron dejarle marchar y lo acogieron en su seno. Ahora los pajarillos, que ya vuelan solos, miran al cielo cada noche y sienten  su presencia y saben que alguien los observa y cuida de ellos desde las alturas.